lunes, 1 de diciembre de 2008

DEFINICIÓN DE SIMBOLISMO

No cabe duda que la característica cognitiva que más nos caracteriza a los humanos es la capacidad de crear conductas marcadas por un simbolismo consciente, socialmente compartido y con medios adecuados para su transmisión y perduración. Sin embargo, en toda exposición de temas de esta índole, muchas veces existen matices que, si no se delimitan con anterioridad, son la fuentes de discusiones sobre diferentes particularidades o matices, lo que genera confusión y discusiones bizantinas. Por tanto, antes de comenzar con el estudio del simbolismo humano, creo preciso elaborar una definición que sirva de base de la exposición y del debate si se presenta.


El simbolismo es un proceso cognitivo que otorga a determinados objetos, pinturas, sonidos o conductas la representatividad de ciertas ideas, conceptos o creencias, que la sociedad ha generado y aceptado en su conjunto. 


Para su realización es necesario la capacidad de creación tales conceptos abstractos e ideas a los que poder simbolizar, facultad que no siempre se ha tenido plenamente desarrollada. Estas abstracciones tienen una cualidad destacada, como es el desplazamiento, pues existen en nuestra mente sin tener que referirnos necesariamente a un tiempo y lugar determinado, liberándose de la imposición del aquí y ahora. Por tanto, el proceso de simbolización consiste en relacionar estas abstracciones con sonidos y gestos (lenguaje), con objetos (elementos simbólicos) y conductas (usos, costumbres), siendo necesario aplicar un consenso social a todo el proceso. Esta correspondencia simbólica puede ser muy variada, pues muchos son los objetos de la vida cotidiana sobre los que descargar la representatividad elegida. En su inicio surge el problema de no poder distinguir si tal objeto fue creado para un fin útil o para el simbolismo elegido.

sábado, 8 de noviembre de 2008

La conducta en el tiempo y en el espacio.

Junto con el desarrollo de la individualidad aparecen otras necesidades del entorno, como sería la posibilidad de actuar en secuencias temporales y espaciales, diferentes a las que ofrece el aquí y ahora. Se basarían en la experiencia vivida y aprendida, ofreciendo aspectos de supervivencia mucho más altos. Así, todo concepto de la individualidad social y personal tendrían cierto ordenamiento a través de dos ejes o parámetros básicos de ordenamiento de la realidad como son el espacio y el tiempo, los cuales no son realidades dadas sino abstracciones que nuestra percepción deduce de los hechos observables en la realidad cotidiana. La causa principal corresponde a la propia capacidad humana de realizar abstracciones, bajo el impulso o la necesidad de marcar referencias a la acción que realiza, y así poder comunicarse con otros para realizar acciones en común, planear su desarrollo y mejorar sus resultados. La producción de tales abstracciones proviene de la misma naturaleza donde se produce la acción, pues de ella y sólo en ella es de donde los seres humanos pueden, a través de sus sentidos y capacidades cognitivas, obtener tales conceptos.


El espacio se objetiva con la referencia a objetos fácilmente observables, inmóviles y permanentes (Elías, 1992: 98-99; Hernando, 1999; 2002: 81-88), características constantes en el territorio donde se efectúe la acción. La idea del espacio se estructura con ciertas características físicas o geográficas del territorio donde se realiza la propia vida (montañas, ríos, árboles, etc.), y donde se adquieren los elementos básicos de su subsistencia (caza, recolección, materias primas, relaciones sociales, etc.). En este sentido, parece que el germen de tal concepto existe ya en la idea de territorialidad que tienen las comunidades de animales sociales.


El tiempo se realiza con la referencia de sucesos móviles de carácter no humano (Elías, 1992: 98-99; Hernando, 1999; 2002: 69-79), pero con un tipo de movimiento recurrente. El concepto del tiempo nace del orden de sucesión de los hechos que tienen lugar en el espacio ya mencionado (día y noche, estaciones, fases de la luna, etc.). La mutua relación entre estos dos conceptos, se define como la capacidad genérica de desplazamiento del pensamiento, es decir, de poder desplazar la acción en el tiempo y en el espacio fuera de las limitaciones del aquí y ahora. Tal relación en común parece lógica, pues aunque en un principio pudo existir cierta independencia entre ellos, pronto debieron de confluir, ya que su mutua acción es la que ofrece al lenguaje pautas de conducta con desplazamiento y, por tanto, de mayor supervivencia.


Como ha podido comprobar la prehistoriadora Almudena Hernando (1999; 2002: 119-143), la forma en la que estos conceptos se realizan puede ser diferente para cada grupo humano. Un ejemplo característico lo constituyen algunas sociedades primitivas actuales, como ocurre en diversos grupos de amerindios del Amazonas (Bororo, Kayapó, Yanomami, etc.). En su conducta se aprecia ciertas limitaciones en sus propias formas de vida y comunicación, naturalmente en comparación con las nuestras. Sus necesidades tienen siempre cierto carácter urgente, al tener que realizarse dentro de los parámetros del aquí y ahora, por lo que el futuro lejano no existe. Igualmente, estos grupos humanos presentan un concepto temporal limitado a un futuro próximo, donde deben realizarse las acciones que son capaces de pensar. De la misma manera, para ellos, el espacio queda limitado al territorio conocido por medio de sus propias experiencias, el resto es como si no existiera.


Los procesos de simbolización estarían limitados por las propias características de las abstracciones espaciales y temporales. El espacio es referido a elementos heterogéneos (árboles, montes, ríos, etc.), por lo que es fácil que simbolicen este concepto con alguna de estas referencias y que confundan estos símbolos con la realidad espacial. Así, para que un objeto sea símbolo de una ordenación espacial debe de formar parte de la experiencia personal. Sólo lo conocido puede ser utilizado como símbolo de conceptos abstractos. Similar proceso ocurre con el tiempo, pues estas comunidades viven en el presente, por lo que su representación temporal estaría en consonancia con los ritmos de los fenómenos naturales que tengan lugar en su medio ambiente. En ellas, el presente es tan sólo un presente amplio, que puede incluir todo lo referente a cada ciclo estacional, pero no asume el sentido de un pasado o futuro lejano, al no poder incluirse en el sistema de ordenamiento de su propia realidad.


El conocimiento de cómo realizan las sociedades primitivas actuales estos conceptos, sólo nos puede aportar la certeza de su diferencia, y cierta idea de cómo pudieron los humanos del Paleolítico realizar dichos avances simbólicos. La identificación y el grado de desarrollo que debieron alcanzar en el pasado estos conceptos y el de individualidad deben estudiarse en común, pues todos ellos constituyen la parte estructural del lenguaje. Por tanto, el lenguaje, en función de la propia complejidad simbólica que adquiriere poco a poco, va a producir otras características psicológicas de gran importancia para el ser humano, pues sirve como organizador del pensamiento y director de la acción. Pueden resumirse en tres aspectos:


- Interacción entre lenguaje y pensamiento (interiorización del lenguaje).
- Desarrollo cognitivo (autoconciencia, planificación temporo / espacial, etc.).
- Cambio conductual (mayor control de la acción).



* Elías, N. (1992): Time: An Essay. Basil Blackwell. London.
* Hernando, A. (1999): Percepción de la realidad y Prehistoria, relación entre la construcción de la identidad y la complejidad socio-económica en los grupos humanos.
Trabajos de Prehistoria, 56 (2): 19-35.
* Hernando, A. (2002):
Arqueología de la identidad. Akal. Móstoles (Madrid).

sábado, 1 de noviembre de 2008

La autoconciencia o conciencia reflexiva.

Es fundamental analizar el concepto, que sobre nuestra propia existencia tenemos, por medio de una pregunta clave: 

¿Es la autoconciencia una facultad heredada que siempre se manifiesta en nuestra especie; o corresponde a una capacidad evolutivamente adquirida, que se desarrolla gracias a la influencia del ambiente social y cultural en el que nacemos y vivimos?     

Sin un ambiente adecuado tal propiedad cognitiva no se manifiesta, o lo hace de forma inadecuada. En este sentido, sería la utilización de específicas informaciones aprendidas del medio social, que facilitan el desarrollo de una conducta con características especiales (Marina, 1998: 113). Podríamos definirla, a pesar de la importante controversia que existe al respecto, como el conocimiento subjetivo que tenemos sobre nuestros propios procesos mentales, de la información que recibimos, de los actos que realizamos y de nuestra relación con los demás. Por tanto, la conciencia reflexiva o autoconciencia corresponde a una capacidad cognitiva, con cierto carácter innato en función de su posibilidad de desarrollo, que para que se manifieste en la conducta es necesario una estimulación y aprendizaje adecuados, por medio de un entorno sociocultural concreto.   

Lo que sí parece claro es la relación de su aparición con dos procesos ya mencionados: las capacidades evolutivas y las características medioambientales, pues con su desarrollo adecuado y mutua interrelación, van a dar lugar a nuestra conciencia reflexiva. Actualmente, son muchos los autores que están de acuerdo que tal proceso es una propiedad emergente del cerebro. El concepto parece nuevo, aunque tiene relación con la concepción de exaptación evolutiva, pues se basa en el mismo principio, aunque con enfoques diferentes (psicológicos y evolutivos). El profesor de Filosofía John R. Searle, en su libro “El misterio de la conciencia” ofrece una definición muy precisa (2000: 30):   

Una propiedad emergente de un sistema es una propiedad que se puede explicar causalmente por la conducta de los elementos del sistema; pero no es una propiedad de ninguno de los elementos individuales, y no puede explicar simplemente como un agregado de las propiedades de estos elementos. La liquidez del agua es un buen ejemplo: la conducta de las moléculas de H2O explica la liquidez, pero las moléculas individuales no son líquidas.   

La conciencia reflexiva es pues una propiedad emergente de la conducta (Ávarez Munárriz, 2005: 25-31; Mora: 2001: 142), resultante de la unificación funcional de otras capacidades cognitivas (mecanismos de atención seriados, memoria a corto plazo, emotividad, etc.) que, por sí solas, no explican tal propiedad, pero la suma funcional de ellas daría lugar a las propiedades de autoconciencia humana (Edelman y Tononi, 2000; Mora, 2001: 147).   

El desarrollo de la conciencia reflexiva se producirá cuando las capacidades cognitivas lo permitan, y las características del medio ambiente sean las adecuadas. Si en la actualidad tales condiciones parecen obvias, en la prehistoria adquieren un protagonismo esencial. Las primeras van apareciendo con la evolución física, mientras que las segundas hay que crearlas, teniendo un desarrollo propio y diferente a la evolución neurológica. Con el desarrollo de esta capacidad cognitiva surge el concepto de individualidad (social y, sobre todo, personal), que siempre se desarrolla en un medio social, por lo que dependería de las características de éste. Con este nuevo concepto iniciamos el reconocimiento e interiorización de la idea abstracta del yo / nosotros en relación con el concepto de tú / otros. La identificación, tanto individual como colectiva, de esta propiedad se basa en la noción de diferencia existente entre los individuos y grupos (Jenkins, 1996: 4), que se traduce en la existencia universal de una palabra determinada para referirse a uno mismo (yo), como así lo expone el sociólogo alemán Norbert Elías (1990: 123). Para su producción se necesita una interacción social, tanto intra como intergrupal, de una forma importante y continuada, que genere continuamente problemas de relación entre los individuos del mismo grupo, y de estos con otros grupos. Igualmente, es necesario el inicio de las diferencias sociales (tecnológicas, políticas, religiosas, etc.) dentro del mismo grupo, desarrollando diferentes actividades con características funciones, simbolización y actividad. Esta relación deberá hacer hincapié en la diferenciación conceptual de esta confrontación, hasta llegar a desarrollar una clara conceptualización de las ideas simbólicas del yo y los otros, es decir, de la individualidad social y personal. Su producción sería de tipo generacional, pues es preciso el recurso de muchas generaciones para desarrollar plenamente dichos conceptos.   

El proceso implicaría la paulatina creación de cambios conductuales que resalten la diferencia entre unos y otros, por parte de algunos elementos sociales con mayor capacidad para desarrollar tales conceptos, siendo rápidamente adquiridos por los elementos más jóvenes del grupo, que los asumirán como suyos propios (Hernando, 2002). Los primeros avances, que la capacidad cognitiva humana debió desarrollar para crear un mundo simbólico como el actual, serían el inicio de la propia identificación social del grupo en contrapunto con la identificación de las demás poblaciones, es decir, a la creación del concepto de la individualidad social. Con posterioridad a su desarrollo, se iniciarían los criterios de individualidad personal o diferencias particulares que surgen entre los elementos de un mismo grupo humano (germen de la propia autoconciencia individual, tal y como la entendemos en la actualidad). En su paulatino aumento de complejidad, darían lugar a diferentes manifestaciones de tipo social, tecnológico, político y religioso dentro del propio grupo (Elías, 1990; Hernando, 2002: 49-63).   

* ÁLVAREZ MUNÁRRIZ, L. (2005): La conciencia humana. En: La conciencia humana: perspectiva cultural. Coord. por Luis Alvarez Munárriz, Enrique Couceiro Domínguez. Anthropos. Barcelona.
* EDELMAN, G. M., y TONONI, G. (2000): Un Universe of Consciousness. Basic Books, New York. * ELÍAS, N. (1990): La sociedad de los individuos. Ensayos. Península / Ideas. Barcelona.
* HERNANDO, A. (2002): Arqueología de la identidad. Akal. Móstoles (Madrid).
JENKINS, R. (1996): Social Identity. Nueva York y Londers, Routledge.
* MARINA, J. A. (1998): La selva del lenguaje. Introducción a un diccionario de los sentimientos. Anagrama. Barcelona.
* MORA, F. (2001): El reloj de la sabiduría. Tiempos y espacios en el cerebro humano. Alianza Editorial. Madrid.
* SEARLE, J. R. (2000): El misterio de la conciencia. Paidos. Barcelona.

sábado, 18 de octubre de 2008

Funciones del lenguaje

De la definición de lenguaje anteriormente elaborada se pueden definir tres funciones de ámbito general, aunque siempre hay que considerar la estrecha relación que existe entre ellas.   

* Función comunicativa (formas de expresión). Corresponde al sistema de representación formado por signos (articulados y socialmente consensuados), que estarían organizados por medio de unos elementos formales de combinación (gramática). Permite compartir la experiencia personal, la acumulada por la especie y la expresión emocional. Por tanto, su uso facilitaría un mejor y permanente conocimiento de la realidad. Su estudio entra en el terreno de la Lingüística. Sin embargo, las estructuras anatómicas y fisiológicas que participan en la producción y comprensión de estos signos, serán estudiadas por las disciplinas biológicas que analizan la anatomía y fisiología humana.  

* Función social (comunicación externa). Forma una conducta voluntaria que regula la acción conjunta de los componentes de una comunidad. Facilita la interacción social, al desarrollar las conductas personales y sociales. Relaciona la conversación con la conducta simultánea o posterior a la misma, donde pueden valorarse los antecedentes, posibles respuestas y consecuencias de tal acción. Destaca la voluntariedad e intencionalidad en la realización de tal proceso lingüístico, donde entraría en juego el concepto de teoría de la mente. Entra en los cometidos doctrinales de la Sociología y Psicología.   

* Función cognitiva (comunicación interna). Sería una interacción cognitiva entre el lenguaje y el pensamiento, facilitando el pensamiento racional por medio de diversos procesos internos, como son el lenguaje interno, el pensamiento verbalizado, el lenguaje intelectualizado, el procesamiento computacional de la información, el desarrollo de las capacidades de abstracción, la simbolización, la conciencia reflexiva, el aprendizaje, etc. Su estudio estaría a cargo de la Neurología y Psicología (Psicobiología).  

De la unión de estas tres funciones es de donde ha surgido el lenguaje simbólico. Por tanto, su estudio desde todos los puntos de vista doctrinales se hace imprescindible para conocer los pormenores de su origen.   

De las tres funciones, la tercera es sin duda la menos conocida y, sin embargo, puede ser la que más ha colaborado en el desarrollo de nuestra cultura simbólica. Para una mejor explicación sobre la trascendencia de esta relación podemos establecer, de una forma puramente teórica y explicativa, dos formas genéricas de pensamiento.  

1º- La primera correspondería a la existencia de un pensamiento sin lenguaje, donde sólo existieran representaciones sensoriales, tales como imágenes o recuerdos de los diversos sentidos. Es como si nos viéramos realizando la acción que queremos imaginar. Fácilmente nos damos cuenta de la dificultad que se nos presenta en el momento de idear la representación de hechos abstractos (datos técnicos, fechas, cifras, sentimientos acciones articuladas en tiempo y espacio, etc.). La acción mental transcurre lentamente y a veces no llega al fin deseado, siendo además su transmisión a otros muy difícil de realizar, al carecer de un sistema simbólico de comunicación. Sin duda puede existir un pensamiento sin lenguaje, pero limitado en su funcionalidad a los conocimientos adquiridos por la propia experiencia y por otros medios no lingüísticos. La realidad es que la ausencia de un lenguaje limitaría enormemente la transmisión de cualquier idea, siendo imposible en muchos casos. No obstante, existen testimonios de personas, con renombrada inteligencia, sobre la producción de su pensamiento, indicando que muchas veces funciona mejor si se realiza por medio de imágenes de este tipo, tal fue el caso de Albert Einstein. No es posible dudar de su testimonio, pero seguro que sólo podría comunicar las conclusiones a las que llegara por medio de un lenguaje conocido por sus oyentes. Además, este proceso puede realizarse gracias a que, con anterioridad (toda su infancia y juventud), su pensamiento se hizo abstracto en función de su aprendizaje humano y académico fundamentalmente lingüístico (sonoro, visual y escrito).   

2º- En la segunda utilizaremos tanto al lenguaje como al pensamiento. El tipo de lenguaje que puede utilizar el pensamiento, es el mismo que usamos normalmente con las mismas directrices léxico / gramaticales, aunque con pequeñas variaciones que lo caracterizan como un lenguaje interno. Así se expuso en la escuela neurofisiológica rusa en el siglo pasado, en la que destacan Lev S. Vygotsky (1896-1934) y Alexandre R. Luria (1902-1977). Es como si habláramos con nosotros mismos, consiguiendo adquirir nuevas funciones psicológicas que antes eran externas. Efectivamente, el lenguaje interno es responsable de las funciones mentales superiores, pues transforma la percepción del sujeto, transforma su memoria, y permite la planificación y regulación de la acción, haciendo posible la actividad voluntaria. Nuestro pensamiento está ahora plenamente verbalizado, siendo más fácil pensar, relacionar y expresar todo tipo de situaciones y hechos, con mucha mayor rapidez y claridad. Aparece como una nueva función cognitiva, que facilita el control y regulación de los propios procesos cognitivos, con lo que nuestras acciones, consecutivas a nuestro pensamiento, estarán mejor guiadas y estructuradas (Belinchón et al., 1992: 228-230; Luria, 1979, Mercier, 2001; Vygotsky, 1920: 192). Igualmente, la transmisión de pensamientos abstractos es muy fácil, al usar el simbolismo que el lenguaje nos permite. Como es lógico, la forma usada normalmente por nuestra especie es la segunda, aunque con cierto esfuerzo y en determinados contextos, también puede utilizar la primera.  

La utilización del lenguaje por parte del pensamiento conlleva la limitación de las características del mismo, si éste es muy limitado en concepciones abstractas, el pensamiento tendría igualmente cierta limitación en el uso de tales conceptos abstractos no aprendidos. El lenguaje es el medio por el cual aprendemos todos los conceptos abstractos (conceptos sobre la individualidad, el tiempo, el espacio, la negación, religión, arte, etc.) que nuestra sociedad haya podido ir creando a lo largo de su desarrollo. No podemos esperar que cada niño, en su crecimiento y desarrollo particular, deba ir creando todas las abstracciones que la sociedad ha originado a lo largo de su largo periplo cultural. El lenguaje es el medio por el cual el niño, de una manera rápida, guiada y ordenada, adquiere ese conjunto de abstracciones fundamentales en nuestro medio social. Igualmente, dotamos a nuestro pensamiento de una herramienta fundamental para poder desarrollar las capacidades cognitivas que nos caracterizan (lenguaje interno). El niño, al ir asimilando las abstracciones que aprende por medio del lenguaje que escucha de la sociedad en la que vive, dentro de su periodo crítico de maduración neurológica, organiza su sistema nervioso en función de las cualidades que tales abstracciones le ofrecen (Belinchón et al., 1992: 230; Vygotsky, 1920: 190-192).


* Belinchón, M.; Igoa, J. M. y Riviere, A. (1992): Psicología del lenguaje. Investigación y teoría. Trotta. Madrid.
* Luria, A. R. (1979): Conciencia y lenguaje. Pablo del Río. Madrid.
* Mercier , N. (2001): Palabras y mentes. Paidós. Barcelona.
* Vygotsky, L. S. (1920): El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Crítica. 1979. Barcelona.

domingo, 12 de octubre de 2008

Definición del lenguaje humano

Si hablamos de lenguaje es imprescindible establecer una definición que lo enmarque dentro de unos precisos parámetros. No obstante, hay que tener en cuenta el concepto de objetividad científica, es decir, que sea el resultado de la interacción científica de la ciencias que están relacionadas con su producción (Neurología, Psicología, Sociología y, desde luego, Biología evolutiva). 

El lenguaje humano puede definirse como la transmisión voluntaria de todo pensamiento, idea o sentimiento, por medio de un sistema de representación simbólico (en principio sonoro y/o gestual), con la intención de interferir en la conciencia o atención del oyente, es decir, que sea recibido y comprendido por aquellos a los que se dirige tal mensaje, con algún fin determinado (simple información y/o la posibilidad de realizar tareas en común).   

En esta definición quedan comprendidos los conceptos básicos que van a caracterizar nuestra específica forma de comunicación, así como su separación de otras formas de lenguaje que existen en la naturaleza.  

- Mecanismos Psicobiológicos (neurológicos y psicológicos). La propia voluntariedad e intencionalidad en la realización de tal proceso lingüístico. Naturalmente, para su producción es necesaria la existencia de un interés o motivación para realizar tal acto de comunicación, lo que implica la existencia de alguna forma de autoconciencia (proceso psicológico limitado exclusivamente a nuestra especie, aunque, como veremos más adelante, su total ausencia no está tan clara en los primates cercanos a nosotros en la escala evolutiva).  

- Mundo social. Tener algo que comunicar, ya sea un sentimiento específico, una idea del momento o un pensamiento más elaborado. Este proceso sólo puede darse en un ambiente en el que convivan al menos dos personas, es decir, es imprescindible la existencia de un ambiente social básico que permita su motivación, manifestación y desarrollo.   

- Conducta. Interferir en la conciencia o atención del oyente, del que se supone que puede entendernos por ser semejante a nosotros, con el fin de crear una relación social que facilitase la simple comunicación de ideas, la intencionalidad de influir en el pensamiento de los otros, o la realización de una acción conjunta con los miembros de la sociedad.   

- Biología evolutiva. La evolución con sus cambios anatómicos ha producido los cambios necesarios (somáticos y neurológicos) para que el proceso anterior pueda desarrollarse.   

Aunque parezca que todo queda claro, aun existen otros procesos relacionados con el aprendizaje, que tienen una importancia crucial en el desarrollo cultural humano (Rivera, 1988, 2005). El lenguaje adquiere una importancia mucho más trascendente con la conducta observada en los yacimientos arqueológicos. Pues la relación entre conducta y lenguaje adquiere un protagonismo crucial para entender el porqué de su producción.

martes, 7 de octubre de 2008

Cultura y cognición

Es muy común pensar que las facultades cognitivas que poseemos los seres humanos son consecuencia directa, y casi exclusiva, de la genética que heredamos de nuestros padres, pero la realidad, no siempre bien conocida ni expuesta, no dice lo mismo. Diversos autores han hecho hincapié sobre este dato, pero la mayoría de las veces sus opiniones no han pasado de la anécdota sin ninguna repercusión en los estudios relacionados con la conducta humana. Pongo unos ejemplos muy conocidos, que cada vez son más actuales según las ciencias psicobiológicas se van desarrollando:


...lo único que nos es dado y que hay cuando hay vida humana es tener que hacérnosla, cada cual la suya.... La vida es quehacer (Historia como sistema) (1935).
Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo (Meditaciones del Quijote) (1914).
José Ortega y Gasset.


La mente humana es la mente humana y a la vez es la cultura, y si no se salva ésta no se salva aquella. José Luis Pinillos, La mente humana (1991).


Sé que existen muchas dudas al respecto, pero los que tenemos una estrecha relación con el mundo de la medicina sabemos que la realidad camina por estos derroteros. Otro ejemplo nos lo brinda el conocimiento real de lo que pasaba en los hospicios y hospitales hasta bien entrado el siglo XX. El Dr. José Antonio Vallejo-Nágera, en su libro “Introducción a la Psiquiatría” (1974: 195-198) expone que sin un ambiente adecuado las propiedades cognitivas no se manifiestan o lo hacen de forma inadecuada.


El permanecer durante los primeros meses o años de la vida en una institución asistencial lejos de los cuidados maternos, todo el mundo comprende que es una tragedia si se asocia con la clásica imagen sobria y cruel que estos centros tienen históricamente. Si la imagen presentada es la de un centro modélico, aséptico, cristales y niquelados por doquier; enfermeras y médicos en batas de blancura impecable; los niños bien vestidos, inmejorablemente alimentados, etc., es lógico que muchos piensen que es el mejor destino para el niño permanecer allí, y no en su hogar del suburbio, lleno de privaciones, malos tratos y falta de alimentos y de higiene. Hoy se sabe que no es así. La gravedad del daño que la hospitalización prolongada produce a un niño resulta increíble, si no estuviese ya claramente demostrado. Este carácter de increíble es lo que explica porqué ha pasado inadvertido a lo largo de los siglos, pese a estar desde tiempo inmemorial ante los ojos de todos. Es curioso que a nadie haya llamado la atención el hecho de que jamás, en el transcurso de la historia, un niño criado desde sus primeros días en un orfanato haya alcanzado una personalidad destacada en su vida adulta.....La mortalidad en estas instituciones fue siempre enorme......En Estados Unidos, dieron el nombre de hospitalismo al síndrome de deterioro progresivo, y con una mortalidad que alcanzaba el 70%......atribuido al trato impersonal.....En cuanto a los efectos del hospitalismo sobre la inteligencia se demostró que los niños criados en instituciones presentaban un retardo intelectual, más acentuado cuanto más rutinario e impersonal fuese el trato recibido en la institución.......si a los niños con un coeficiente intelectual anómalamente bajo, se le sacaba pronto de la institución y pasaban a un hogar adoptivo subía rápidamente su coeficiente intelectual, no teniendo beneficio si el cambio se produce después de que el niño ha cumplido los 3 años.

Pocas dudas pueden quedar sobre la influencia del medio ambiente (sobre todo social y cultural) en el desarrollo de las capacidades cognitivas humanas. No sólo somos lo que heredamos, sino que precisamos de la modulación medioambiental para manifestar un fenotipo determinado, naturalmente dentro de los límites de variación que nuestra genética nos impone.

sábado, 4 de octubre de 2008

Psicología y Arqueología

El uso de la Psicología produce cierto ambiente negativo ante la dificultad práctica de su utilización como fuente explicativa de los procesos conductuales y culturales acaecidos en los tiempos prehistóricos. Siempre ha habido autores que han intentado aplicar sus teorías a la explicación arqueológica (Coolidge, F. L. y Wynn, T. 2001, 2004; Clottes y Lewis-Willians, 1996; Isaac, 1986; Leroi-Gourhan, 1983; Mithen, 1998; Noble y Davidson, 1996; Wynn, 1985, 1993; Wyn y Coolidge, 2004), naturalmente con diferente éxito, pero que en conjunto no han logrado introducir y mantener su interés en el mundo de la prehistoria. La causa fundamental radica en es una ciencia ajena a la formación académica de la arqueología, teniendo caminos científicos y divulgativos totalmente diferentes. Sin embargo, ambas ciencias (Prehistoria y Psicología) tienen un fin común, el estudio de la conducta humana.


¿Es la diferencia temporal suficiente causa para que no puedan compaginarse?


Un primer problema se sitúa en la existencia y utilización de diversas teorías psicológicas con diferente enfoque teórico, es una consecuencia del propio desarrollo de la Psicología como ciencia. Ésta, al ser de creación relativamente reciente, presentó en sus primeras fases de desarrollo una excesiva controversia respecto a sus propias directrices conceptuales, originando la confrontación de diferentes orientaciones metodológicas e incluso doctrinales. Así, no pudiendo desecharse con toda seguridad ninguna de ellas, se continuó su desarrollo de forma paralela durante largo tiempo.


En la actualidad, la Psicología se va centrando en metodologías más concretas y con mejor base doctrinal, lo que les confiere unos fundamentos más delimitados y precisos, aunque como es lógico, aún falta mucho para una total y general comprensión de la mente humana. La Psicología cognitiva trata de explicar la conducta humana a través del mejor conocimiento de las entidades mentales o cognoscitivas, pues son ellas las que realizan las acciones que nos caracterizan, sobre la base de la información que reciben por medio de los receptores sensoriales. Esta nueva dirección metodológica parece que presenta actualmente una hegemonía conceptual en la explicación de los procesos conductuales (Belinchón et al., 1992).


Uno de los enfoques más aceptados de la Psicología cognitiva corresponde al denominado Procesamiento de la información, que se asocia a la concepción del ser humano como un sistema neurológico capaz de recibir, procesar, almacenar y recuperar la información que le llega a través de sus sentidos (González Labra, 1998). Conceptualmente se basa en que todo proceso mental o cognoscitivo tiene como origen la información que previamente el cerebro ha tenido que recibir y procesar (Leahey, 1982).


¿Cómo pueden sernos útil las teorías psicológicas de la conducta humana?


Desde luego nos interesa conocer básicamente el funcionamiento psicológico del cerebro, pues éste fue, es y será la forma en la que el género Homo fue elaborando su conducta. Naturalmente, la teoría que empleemos debe de estar plenamente coordinada con los datos de la Evolución, Arqueología y Neurología que hemos expuesto en los anteriores post.


No parece ser una casualidad que esta teoría, además de ser la más aceptada en la actualidad en el mundo de la Psicología, se adapta perfectamente a las conclusiones de todo lo anteriormente dicho: la evolución produce una serie de capacidades psicológicas, es decir, de posibilidades cognitivas a desarrollar si el medioambiente con el que interactúan estos seres es el adecuado (entra dentro del concepto de exaptación). Por tanto, el desarrollo cognitivo sería la consecuencia de la acción del medio ambiente sobre estas capacidades evolucionadas, dando lugar a la aparición y/o evolución de propiedades mentales determinadas: Simbolismo autoconciencia, pensamiento verbalizado, lenguaje simbólico, escritura, etc., siempre y cuando las cualidades del entorno sean las adecuadas.


En el Paleolítico es cuando fueron apareciendo todas estas facetas culturales y simbólicas de nuestra cultura, su mejor comprensión sobre la forma en la que pudieron materializarse no cabe duda que nos aportara un mayor conocimiento sobre la realidad prehistórica.


* Belinchón, M.; Igoa, J. M. y Rivière, A. (1992): Psicología del lenguaje. Investigación y teoría. Ed. Trotta. Valladolid.
* Clottes, J. y Lewis-Willians, D. (1996): Les chamanes de la Préhistoire. Ed. Seuil.
* Coolidge, F. L. y Wynn, T. (2001): Executive functions of the frontal lobes and the evolutionary ascendancy of Homo sapiens. Cambridge Archaeol. Journal 11: 255-260.
*
Coolidge, F. L. y Wynn, T. (2004): A cognitive and neuropsychological perspective on the Châtelperronian. Journal of Anthropological Research 60: 55-73. * González Labra, M. J. (1998): Introducción a la psicología del pensamiento. Ed. Trotta. Valladolid.
* Isaac, G. L. (1986): Foundation stones: early artifacts as indicators of activities and abilities. En G. N. Bailey y P. Callow, (eds.): Stone Age Prehistory, Cambridge University Press, Cambridge, pp. 221-241.
* Leahey, T. (1982): Historia de la Psicología. Ed. Debate. Madrid.
* Leroi-Gourhan, A. (1983): Símbolos, artes y creencias. Ediciones Istmo. Madrid.
* Mithen, S. (1998): Arqueología de la mente. Ed. Crítica. Barcelona.
* Noble, W. and Davidson, I. (1996): Human Evolution, Language and Mind. Cambridge: Cambridge University Press.
* Wynn, T. (1993): Two developments in the mind of early Homo. Journal of Anthropological Archaeology, 12: 299-322.
*
Wynn, T. y Coolidge, F. L. (2004): The expert Neanderthal mind. Journal of Human Evolution 46: 467-487.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Visión moderna del cerebro





Conocemos una serie de nuevos avances neurológicos que están cambiando el concepto tradicional o estático que se tenía del cerebro, lo que sin duda nos obliga a replantearnos el origen y desarrollo de la cultura humana. Las más importantes son las siguientes:


- Todas las neuronas que tenemos son las que tenemos al nacer, a partir de este momento no se produce ninguna nueva, sólo se destruyen neuronas.
Durante prácticamente todo el siglo XX se ha creído que el número de neuronas, en el momento de nacer, es el límite máximo de las mismas que pueda tener cualquier ser humano, por lo que se pueden perder muchas pero nunca producir nuevas neuronas. Este concepto, en clara oposición al resto de los otros tejidos y órganos corporales que en mayor o menor grado si pueden regenerarse, ofrece la impresión que con el nacimiento se tenían limitadas y, en gran parte ya estructuradas por los genes, las funciones neurológicas que iban a configurar nuestra conducta, con lo que la acción del medio ambiente se veía muy limitada. Sin embargo, en estos últimos años se ha podido comprobar que el cerebro puede cambiar a lo largo de su vida, creando nuevas conexiones neuronales, facilitando su adaptabilidad a las condiciones externas, incluso que puede producir nuevas neuronas. No obstante, tal neurogénesis o producción de nuevas células nerviosas es limitada y restringida a ciertas áreas cerebrales y en determinadas condiciones (García Verdugo, 2002). Naturalmente, el descubrimiento es tan reciente que aún no se conoce demasiado del proceso, pero sí lo suficiente para poder vislumbrar posibilidades terapéuticas en lesiones cerebrales, donde la destrucción celular es el elemento a reparar.


- Las neuronas son las únicas células responsables de los procesos mentales.
Otro axioma que está cambiando actualmente es la noción que sólo las neuronas son las células responsables de todos los procesos mentales, mientras que los otros componentes celulares del cerebro, denominados genéricamente como la glía, se les atribuía una simple función de sostén, mantenimiento alimenticio y protección inmunitaria de las neuronas. Sin embargo, muy recientes estudios han comprobado que tienen una participación activa en los procesos de aprendizaje y memoria (Fields y Stevens-Graham, 2002). Tal vez sea este fenómeno una de las causas de la portentosa capacidad intelectual de Albert Einstein, pues cuando la neurofisióloga Marian C. Diamond examinó varias muestras cerebrales de tan ilustre científico obtenidas durante su autopsia y en posteriores análisis cerebrales, no encontró nada especial en el número o tamaño de las neuronas del científico. Sin embargo, en las áreas corticales de asociación, donde se producen los procesos cognitivos superiores, halló una concentración de las células de la glía mucho mayor que la del promedio de las demás áreas, lo que permite pensar en una relación directa entre el gran número de células gliales y sus capacidades cognitivas.


- No existe limitación temporal para el desarrollo de las capacidades cognitivas.
Con mayor certeza, y desde hace mucho más tiempo, se conoce la existencia de un periodo crítico en el desarrollo de las funciones cognitivas humanas, pasado el mismo es más difícil o casi imposible que se realicen con las mismas características que dentro de él (Changeux, 1985: 271-272; Delgado, 1994: 59; Flórez et al., 1999: 28; Lenneberg, 1976: 208-212; Mora, 2001: 69-88; Yuste, 1994). Durante este periodo, el cerebro tiene una capacidad de remodelación funcional o plasticidad neuronal muy importante para algunas funciones específicas. Se ha podido ver como, en el caso de lesiones del área de Broca del hemisferio izquierdo, en las que fue preciso su extirpación quirúrgica por lesiones patológicas, las funciones cognitivas que debían de desarrollarse en esta zona (control de la articulación sonora) fueron asumidas en el área simétrica del hemisferio derecho, adquiriendo de igual forma la capacidad de articulación del lenguaje (Changeux, 1985: 279-288; Lenneberg, 1976: 182-183). No obstante, hay que tener en cuenta que tales regeneraciones funcionales tienen lugar cuando se actúa dentro de ese periodo crítico, y con una recuperación mayor cuando más joven sea el enfermo. Lo más importante de esta plasticidad neuronal es la permanente capacidad de creación de redes neuronales, con un carácter funcional a partir de la interconexión de las neuronas, pero dependiendo de la experiencia vivida y sentida, por lo que pueden estar continuamente remodelándose. Corresponde con una serie de procesos que pueden empezar en el embrión, continuando con mucha mayor intensidad después del parto y perdurar durante toda la vida (Delgado, 1994: 111; Flórez et al., 1999: 29-31; Nieto Sampedro, 1996: 66-92).


- El cerebro, al nacer, ya tiene marcadas genéticamente la estructuración de las áreas funcionales, variando poco con su desarrollo postnatal. El aumento cuantitativo de ciertas zonas terciarias puede producir la aparición de nuevas capacidades mentales de carácter emergente, las cuales se desarrollan si reciben información sensorial o cultural adecuada para el inicio de esa capacidad. Con esto puede decirse que tenemos una evolución cualitativa con cierto carácter innato, en el sentido de que se producirá siempre en cada nuevo ser, pero sólo como capacidad a desarrollar, logrando tal desarrollo si el medio ambiente lo permite. En este punto surge el importante problema de cómo podemos considerar a estas áreas más o menos localizadas en el adulto. Diversos neurólogos y psicólogos las han denominado como módulos mentales, donde se localizan las facultades cognitivas humanas con una topografía cortical bastante definida, no quedando claro si su funcionalidad tiene un carácter plenamente innato o dependen en gran medida de las influencias externas, que serían en última instancia quienes las delimitarían y organizarían definitivamente.


Entre los que apuestan por el carácter modular de forma principalmente innata destacan los llamados psicólogos de la evolución Leda Cosmides, John Tooby y Steven Pinker, el arqueólogo Steven Mithen, o el lingüista Noam Chomsky. Estos autores abogan por la creación evolutiva directa para el fin que presentan en al actualidad (guiada por la presión selectiva medioambiental o selección natural), con un carácter innato de tales módulos funcionales. Lo que no queda claro en sus manifestaciones es sí su expresión funcional es automática, o precisan de la estimulación sensorial externa (Mithen, 1998: 49-52). En oposición a este grupo, se sitúan los que creen en la existencia evolutiva de las exaptaciones o capacidades emergentes, es decir, la producción evolutiva de órganos o partes de ellos que, en función de los estímulos externos, pueden desarrollar unas propiedades que no existían en el momento en el que tuvo lugar la evolución anatómica. Así, estos módulos o zonas de la corteza cerebral, donde se ubicarán las funciones que correspondan, son áreas de asociación que recogen los estímulos sensoriales externos ya procesados con la información de otras áreas corticales, con el objeto de elaborar posibles respuestas más complejas y adaptativas. Estas estructuras sí son innatas (protomapa), pero con un carácter poco definido, necesitando para su definitiva estructuración, extensión y ubicación de los estímulos sensoriales externos (Damasio, 1999: 110-111; Changeux, 1985: 233-237; Flórez et al., 1999: 24-27; Mora, 2001: 48-68; Rakic, 1988, 1995). Los recién nacidos, en su crecimiento, nunca hablarían si no lo hacen dentro de un medio social en el que exista un lenguaje determinado, aunque sí es cierto que el aprendizaje del mismo es muy rápido, dando la falsa impresión de que lo realizan por sí solos, sin la aparente ayuda de sus padres o del medio en el que vivan. Pero lo cierto es que sólo pueden aprender el léxico y la sintaxis que el medio les ofrece, y su alta capacidad de aprendizaje y de raciocinio de carácter innato hacen el resto.


En conjunto, todos estos datos ofrecen un aspecto dinámico en la funcionalidad cerebral, pues depende mucho de la información externa para su definitiva configuración, por lo que su definitivo funcionamiento (simbólico o no) depende en gran medida de las características medioambientales en las que se organiza.


* CHANGEUX, J. P. (1985): El hombre neuronal. Espasa Calpe. Madrid
* DAMASIO, A. R. (1999): El error de Descartes. Crítica. Barcelona
* DELGADO, J. M. R. (1994): Mi cerebro y yo. Temas de Hoy. Madrid.
* FIELDS, R. D. y STEVENS-GRAHAM, B. (2002): New insights into neuron-glía communication. Science, 298: 556-562.
* FLÓREZ, J.; GARCÍA-PORRERO, J. A.; GÓMEZ, P.; IZQUIERDO, J. M.; JIMENO, A. y GÓMEZ, E. (1999): Genes, cultura y mente: una reflexión multidisciplinar sobre la naturaleza humana en la década del cerebro. Servicio de publicaciones de la Universidad de Cantabria. Santander.
* GARCÍA-VERDUGO, J. M.; SACRI, F.; FLAMES, N.; COLLADO, L.; DESFILIS, E. y FONT, E. (2002): The proliferative ventricular zone in adult veretebrates: A comparative study using reptiles, birds and mammals. Brain Research Bulletin, 57: 765-775.
* LENNEBERG, E. H. (1976): Fundamentos biológicos del lenguaje. AU. 114. Alianza. Madrid.
* MITHEN, S. (1998): Arqueología de la mente. Crítica. Barcelona.
* MORA, F. (2001): El reloj de la sabiduría. Tiempos y espacios en el cerebro humano. Alianza Editorial. Madrid.
* NIETO SAMPEDRO, M. (1996): Plasticidad neural: una propiedad básica que subyace desde el aprendizaje a la reparación de lesiones. En El cerebro íntimo, Mora, F. (ed.). Ariel neurociencia. Barcelona.
* RAKIC, P. (1988): Specification of cerebral cortical areas. Science, 241: 170-6.
* RAKIC, P. (1995): Evolution of neocortical parcellation: the perspective from experimental neuroembryology. En Origins of the human brain. Changeux, J. P. y Chavaillon J. (Eds.). Clarendon Press. Oxford, 85-100.
* YUSTE, R. (1994): Desarrollo de la corteza cerebral. Investigación y Ciencia, 214: 62-68.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Base neurológica de las capacidades cognitivas

Es en la corteza cerebral donde tienen lugar las expresiones superiores, complejas y conscientes, es decir donde se localizan las capacidades cognitivas del ser human. Ya vimos que no todas las áreas de este córtex tenían las mismas funciones, siendo las áreas de asociación terciarias las encargadas de realizar este tipo de procesos. Las área primarias y secundarias son las encargadas de establecer el control motriz y señorial de nuestro organismo. Por tanto, las características de estas áreas corticales tendrán la clave de la base neurológica de las capacidades cognitivas. En este sentido, hay que destacar dos aspectos fundamentales:


1º. La superficie cortical.
No es una causalidad que sean las áreas terciarias las que más hayan aumentado en la evolución humana. Todo aumento cerebral, que no se acompañe de un proporcional aumento corporal, se produce principalmente en las zonas corticales asociativas, sería una aumento alométrico. En general, todo aumento del volumen cerebral (incluyendo todos los índices y relaciones corporales) en nuestro género tendría un correspondiente aumento de las áreas terciarias, pues el cuerpo humano desde el Homo erectus no ha cambiado sustancialmente de talla y volumen (con la ligera excepción del Neandertal, pues era más corpulento).


La corteza cerebral está formada por una capa de células neuronales con un grosor comprendido entre 2 y 4,5 mm y una superficie comprendida entre 22/26 dm², mientras que la superficie del cerebro del chimpancé es sólo de 5 dm². Existe una similitud neurológica entre los mamíferos comprendidos desde el ratón hasta el ser humano, respecto a la composición celular o histológica del córtex, pues su estructura es muy semejante. En su arquitectura celular no existe ninguna categoría celular propia del córtex humano, estando configurado con los mismos tipos neuronales que el cerebro del resto de los mamíferos. El número de neuronas que existen por unidad de superficie en el ratón, gato y el ser humano es similar (valores medios sobre los 146.000 por mm²), aunque conocemos ciertas diferencias entre especies de pequeño rango. Por tanto, la evolución cortical de los mamíferos no se manifiesta sólo con un aumento de densidad de neuronas, sino por un aumento de la superficie de la corteza cerebral o un aumento cuantitativo respecto de la superficie del córtex (Changeux, 1985: 63-64; Delgado, 1994: 37-38; Eccles, 1992: 40, 201-205; Flórez et al., 1999:148-153).
El gran aumento del córtex cerebral, al estar constreñido dentro del cráneo, obliga a realizar maniobras de aprovechamiento de un volumen que no puede aumentar más. Destacan la mejora en la distribución espacial que se logra mediante las circunvoluciones (pliegues que sobresalen formando ondulaciones, que se supone que sirven para aumentar el área de la superficie cerebral al máximo). Se resalta que el córtex prefrontal humano está significativamente más circunvolucionado que el esperado para nuestro volumen cerebral (Rilling e Insel, 1999).


También influye la girificación o relación que existe, en cualquier sección del córtex, entre la longitud del perímetro cortical exterior (trazando el contorno más externo del córtex sin seguir sus recovecos) y la del perímetro total (midiendo el interior también de los plegamientos que hacen. Existe una girificación alométrica en todos los hominoideos, cuando más grande es el cerebro, más girificado está. Es importante resaltar que existe una girificación extraalométrica en el córtex frontal de los seres humanos (Cela Conde, 2002).
En este corte podemos ver como la corteza cerebral se introduce profundamente en el interior del hemisferio.

Estos datos indican el gran aumento de las áreas de asociación terciarias, sobre todo del lóbulo prefrontal, de nuestra especie, en relación con los demás primates conocidos.

2º. – Características funcionales de éstas áreas. Se ha podido establecer una importante relación entre la mielinización y la densidad neuronal, comprobaron que existen diferentes grados de densidad neuronal en determinadas e importantes áreas corticales para la conducta humana (Semendeferi et al., 2002). Precisamente en las zonas de asociación (donde la mielinización ocurre en último lugar) son las que presentan una densidad menor, lo que es interpretado como una cualidad que facilita su mayor interconexión y complejidad en la formación de las redes neuronales, siendo fundamental para el desarrollo de la conducta simbólica humana. Según parece ser, la densidad celular decrece al ir ascendiendo filogenéticamente, aumentando paralelamente el número de sinapsis o redes neuronales de la corteza, siendo en los humanos donde parece que mayor proliferación presentan (Lenneberg, 1976: 76). Al aumentar la superficie del córtex, el número de neuronas en los humanos es mucho mayor, compensando con creces esta disminución filogenética de neuronas, pero a su vez se facilita su interconexión para formas redes neuronales, base de la conducta humana.


Como podemos apreciar el simple dato del volumen cerebral y de sus índices relacionados tienen una relación muy difusa con las capacidades cognitivas (aunque tal relación existe), por lo que la investigación (neurológica en el presente y en el pasado) debe encaminarse en aclarar los posibles cambios evolutivos que estén relacionados con estos procesos.
El cómo desde luego es ya otra historia.


* Cela Conde, C. J. (2002): El estudio de la cuestión: La Filogénesis de los homínidos. Diálogo Filosófico, 53:228-258.
* Changeux, J. P. (1985): El hombre neuronal. Espasa Calpe. Madrid.
* Delgado, J. M. R. (1994): Mi cerebro y yo. Temas de Hoy. Madrid.
* Eccles, J.C. (1992): “La evolución del cerebro: creación de la conciencia”. Ed. Labor. Barcelona.
* Flórez, J.; García-Porrero, J. A.; Gómez, P.; Izquierdo, J. M.; Jimeno, A. y Gómez, E. (1999): Genes, cultura y mente: una reflexión multidisciplinar sobre la naturaleza humana en la década del cerebro. Servicio de publicaciones de la Universidad de Cantabria. Santander.
* Lenneberg, E. H. (1976): Fundamentos biológicos del lenguaje. AU. 114. Alianza. Madrid.
*Rilling, J. K. e Insel, T. R. (1999): The primate neocortex in comparative perspective using magnetic resonance imaging. Journal of Human Evolution, 37: 191-223.
* Semendeferi, K.; Lu, A.; Schenker, N. y Damasio, H. (2002): Humans and great apes share a large frontal cortex. Nature neuroscience 5 (3): 272-276.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

¿Qué es el cerebro?

Parece que tal pregunta tiene una respuesta fácil, pues creo que todos estaremos de acuerdo si lo definimos como el órgano que procesa la información sensorial, controla y coordina el movimiento, y junto con el bulbo raquídeo puede controlar el comportamiento y las funciones corporales fisiológicas (frecuencia cardiaca, la presión sanguínea, el balance de fluidos y la temperatura corporal). Para nosotros lo más importante es que es el responsable de los procesos cognitivos, las emociones, la memoria y el aprendizaje.   

Aunque el cerebro funcione como un órgano integrado, donde todos sus elementos están estrechamente relacionados con el propósito de realizar todas sus funciones ya mencionadas, es en la corteza cerebral y el sistema límbico o cerebro emocional donde tienen lugar los procesos neurológicos relacionados con la conducta racional, simbólica y emocional propia del género Homo.


Lo primero que hay que tener en cuenta es que no toda la superficie del córtex tiene la misma funcionalidad. Dependiendo de la naturaleza de la información que recibe y procesa sea simple o elaborada, pueden establecerse grupos de diferente localización y distinta funcionalidad (Kandel et al., 1997: 374-382; Luria, 1974):   

- Áreas primarias o de proyección: Corresponden a las zonas corticales que reciben la información recogida por los órganos sensoriales externos (vista, oído, gusto, tacto y olfato), internos (sensibilidad propioceptiva o del propio cuerpo), y a las áreas motoras que controlan directamente los músculos del cuerpo. Existe una correlación muy intensa entre estas áreas corticales y las zonas anatómicas que controlan, por lo que todo aumento corporal deberá de corresponder con un aumento paralelo de estas áreas de control, sería un aumento isométrico o proporcional, proceso muy relacionado con toda evolución neurológica.   

Áreas de asociación secundarias: Corresponden a las zonas adyacentes a las áreas primarias o de proyección. Se considera que representan un centro de procesamiento de mayor nivel para la información sensorial específica que llega de las áreas primarias. Por tanto, sólo reciben información de las áreas sensoriales primarias, o desde otras áreas sensoriales secundarias.  

- Áreas de asociación terciarias: Se sitúan en los bordes de las zonas secundarias anteriores, en ellas desaparece toda información sensorial o motriz directa o primaria. Son zonas corticales en las que coincide la información de varios campos sensoriales correspondientes de áreas secundarias, pero nunca de las primarias. Conocemos tres grandes agrupaciones de este tipo de áreas:  

* Área de asociación prefrontal. En general interviene en los procesos de respuesta demorada. Parece esencial para la planificación de los comportamientos voluntarios en función de la experiencia acumulada, interviniendo en la creación de la personalidad y en la ejecución de actos motores complejos. Incluye el área de Broca (44 y 45 de Brodmann) que, en el hemisferio dominante (normalmente el izquierdo), controla los movimientos relacionados con el lenguaje, mientras que en el otro lado regula los movimientos bucales no relacionados con el habla. En general, se consideran el centro de integración de nuestra actividad mental superior, donde se sitúan nuestras más elevadas capacidades de pensamiento, abstracción, raciocinio, planificación de actividades y toma de decisiones.
* Área de asociación parieto-temporo-occipital. Donde se integran funciones sensoriales y del lenguaje. Destaca el área de Wernicke compuesta principalmente por las áreas de Brodmann 39 y 40, cuyo fin es la comprensión lingüística.
* Área de asociación límbica. Relacionada con funciones de memoria y emocionales, así como de motivación de la conducta.


Las áreas de asociación terciarias son las que más han aumentado en la evolución humana, y mayor importancia tienen respecto de su conducta. Así, todo aumento cerebral, que no se acompañe de un proporcional aumento corporal, se produce principalmente en las zonas corticales asociativas. En ellas, se sintetizan los estímulos de varias vías de acceso sensoriales, traduciéndolos en expresiones superiores, complejas y conscientes. Además, son las últimas en madurar y en estructurarse, como se aprecia en su proceso de mielinización (recubrimiento de una sustancia grasa inerte llamada mielina).   

Es muy usual utilizar una parcelación de la corteza cerebral en áreas citoarquitectónicas de Brodmann (según se dispongan las neuronas en las columnas celulares que compones en córtex), pero que en realidad reflejan una división histológica, pero no funcional. No obstante, el amplio uso para la señalización de las funciones cerebrales que conocemos, hace que se sigan usando como referencia topográfica. 

Tras estas escuetas pero precisas notas neurológicas, vamos a ver que fundamentales cambios se han producido en la Neurología humana en estas últimas décadas, así como la importancia que pueden tener para la investigación arqueológica. Existen una serie de "axiomas" neurologícos que en la actualidad han perdido su vigencia, al demostrar que en mayor o menor grado no se cumplen: Los principales son: 

- El volumen cerebral (VC), el índice de encefalización (IE), el cociente de encefalización (CE) y otras posibles relaciones entre volúmenes cerebrales (totales o parciales) con pesos o masas corporales ¿son en realidad indicadores precisos sobre la capacidad cognitiva?
- Todas las neuronas que tenemos son las que tenemos al nacer, a partir de este momento no se produce ninguna nueva, sólo se destruyen neuronas.
- Sólo las neuronas son las células responsables de todos los procesos mentales. 
- No existe limitación temporal para el desarrollo de las capacidades cognitivas. 
- El cerebro, al nacer, ya tiene marcadas genéticamente la estructuración de las áreas funcionales, variando poco con su desarrollo postnatal.

Cada uno de estos importantes proceso neurológicos han cambiado sustancialmente y actualmente no se pueden mantener. Estos avances neurológicos se han dado a conocer tanto en la literatura especializada como en la divulgativa, aún no han calado en la sociedad en general ni en el mundo relacionado con la Arqueología. A lo largo del blog se pueden ver los cambios que se han producido.


* Kandel, E. E.: Schwartz, J. H. y Jessell, T. M. (1997): Neurociencia y conducta. New York. Prentice Hall.
* Luria, A. R. (1974): El cerebro en acción. Fontanella. Barcelona.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Exaptación y Arqueología


Parece difícil establecer una conexión entre estos dos complejos y, en apariencia, conceptos totalmente independientes. Algunas de las capacidades cognitivas que presentan los diferentes homínidos de nuestro linaje son un claro ejemplo de exaptación, es decir, de cualidades emergentes que aparecen después de realizado los cambios anatómicos que los hacen posibles, pero que no se crearon evolutivamente para realizar tal propiedad (Belinchón et al., 1992; Bonner, 1980; Gould, 1980; Tattersall, 1998; Vrba, 1985; Wilkins y Dumford, 1990).



Sin ninguna duda, el cerebro humano no pudo evolucionar para realizar las funciones cognitivas que entraña la escritura y lectura (las cuales se realizan en áreas diferentes de las del lenguaje hablado), constituyendo propiedades cognitivas humanas emergentes, que se logran tras el desarrollo cultural del cerebro en un medio idóneo, como es el de un lenguaje simbólico.


Lo que parece claro para unas formas culturales no lo es tanto para otras más fundamentales, como es el caso del lenguaje. El lenguaje simbólico, propio de nuestra especie, presenta las características de ser un ejemplo de exaptación, al ser una propiedad cognitiva que se desarrolló con posteridad a la creación evolutiva de los aspectos morfológicos que lo posibilitan. No hay que olvidar que los neandertales y humanos anatómicamente modernos obtuvieron sus formas corporales definitivas (evolutivas) en medios culturales no simbólicos (musteriense o formas de MSA africano no elaboradas), adquiriendo comportamientos simbólicos con posterioridad. Con esto no quiero decir que no tuvieran algún tipo de lenguaje, sino que con la aparición evolutiva de estas poblaciones no se adquirió el carácter simbólico que nos caracteriza (que veremos más adelante). No obstante, la polémica sobre este asunto continua entre los que estudian las diferentes formas de creación de la cultura de nuestros ancestros, pues son varios los autores que opinan que el lenguaje debió de irse configurando como una nueva forma adaptativa, de una forma paralela y lenta a los cambios morfológicos que lo posibilitan, aunque tal idea no se adapta bien a los datos arqueológicos, psicológícos, neurológicos y sociológicos que caracterizan la conducta humana.


La conducta simbólica humana es un proceso basado en las capacidades exaptativas que la evolución proporciona, las cuales emergen gracias a las características culturales, sociales y lingüísticas del medio en el que viven.


El ritmo de cambio en la producción de las diferentes partes de un organismo, no es uniforme en el transcurso de la evolución. Las características anatómicas observables no evolucionan a la vez, pudiendo comprobar cómo un fósil presenta partes corporales parecidas a las de su antecesor y, sin embargo, otras con signos de haber evolucionado. El fenómeno, bastante frecuente en la naturaleza, se denomina evolución en mosaico (De Beer, 1964).


La constatación de que la evolución presenta un ritmo diferente para diversos componentes corporales, parece indicar que su origen debe de buscarse en la existencia de diversos tipos de heterocronías que, al actuar en diferentes o las mismas fases del desarrollo, producen el cambio evolutivo. Generalizar todo el cambio en un solo tipo de proceso, y más aún de una forma general y global, no parece corresponderse con la realidad paleoantropológica.


Las heterocronías, la embriología y la evolución en mosaico, son las piezas clave en las formas evolutivas humanas, pero sólo podemos poner nombre a cada proceso evolutivo, al analizar en lo posible las causas genéticas que lo produjeron (hecho que aún hoy no es posible, pero puede que se logre en un período no demasiado largo), o los cambios anatómicos a los que dio lugar, método que aunque más indirecto puede orientarnos sobre las causas del cambio morfológico.


* Belinchón, M.; Igoa, J.M. y Riviére, A. (1992): Psicología del lenguaje. Investigación y teoría. Ed. Trotta S.A. Madrid.
* Bonner, J.T. (1980): “The Evolutión of Culture in Animals”. Princeton University Press. Traducción en castellano: "La evolución de la cultura en los animales". Alianza Universidad, nº345. 1982. Madrid.
* De Beer, G.R. (1964): “Archaeopteryx and evolution”. The Advancement of Science, 42:1-11.
Gould, S. J. (1980): “Is a new and general theory of evolution emerging?”. Paleobiology, 6:119-130.
* Tattersall, I. (1998): “Becoming human: Evolution and human uniqueness. Published by arrangement with Harcourt Brace and Company. Traducción en castellano: “Hacia el ser humano”. Ediciones Península. 1998. Barcelona.
* Vrba, E. S. (1985): “Environment and evolution: alterntive causes of the temporal distribution of evolutionary events”. South African Journal of Science, 81:229-36.
* Wilkins, W. y Dumford, J. (1990): “In defense of exaptation”. The Behavioral and Brain Sciences, 13, 763-764.